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La idiotez, la simple y llana tontería, es el motor histórico más ampliamente subestimado
00:10 martes 27 enero, 2026
Colaboradores
La idiotez, la simple y llana tontería, es el motor histórico más ampliamente subestimado.
Tendemos a suponer que quienes nos gobiernan son sujetos inteligentes. Pérfidos, transas y grillos, sin duda; megalomaniacos, desde luego. Pero ¿tontos? Imposible. Es decir, sí, entendemos que a la política se cuela un que otro burro-burro, como el que habla de alienígenas porque lo convenció un líder sectario, pero la norma, nos decimos, es que no. Que estamos en manos de la maldad, no de la oligofrenia. Bien: la historia, la pasada y la presente, está llena de ejemplos que dicen lo contrario.
Ojo: se entiende este rechazo a la evidencia. Es un principio conspiracionista. Las teorías del complot tienen siempre el mismo guion. Hay una élite que gobierna el mundo desde las sombras, en un afán de dominio universal que solo alcanzan a ver unos pocos iluminados, esos que ven detrás de la apariencia, de la puesta en escena, y descubren esa verdad terrible. ¿Por qué tienen éxito dichas teorías? Porque resultan tranquilizadoras.
Son una especie de versión retorcida y no asumida de la fe religiosa. Te dicen que hay un orden. Que el mundo está sometido a un plan, aunque sea un plan maligno, y no al azar y el error. Luego, para reforzarlas, están el cine, la TV y la literatura, que, naturalmente, no pueden enganchar a sus espectadores y lectores en torno a la figura de un zopenco.
Así, nos ponen frente a locos del poder, como Shakespeare, chacales brillantísimos, como “House of Cards”, o genios del mal, como las sagas de superhéroes. El Lex Luthor en turno, ese semidiós malora.
Aquí es donde viene la mala noticia: en la realidad, solemos estar sometidos a la maldad y además a la idiotez, que no, no son rasgos incompatibles, como nos debería hacer entender esta época de caudillos populistas. Piensen en los elefantes blancos, tan latinoamericanos.
El Supremo se gasta cantidades ingentes de lana en construir vías de tren mal planeadas con trenes obsoletos, aeropuertos en la mitad de la nada y empresas petroleras que acaban, todos, semi abandonados y llenos de cuarteaduras, entre accidentes. En nuestra cabeza, el motor de esas obras es una mezcla de narcisismo y corrupción –siempre aparece la corrupción–. Es cierto.
Nada más que un narcisista inteligente contrataría a expertos capaces de desarrollar obras necesarias y bien hechas, sin negarse la inauguración con banderitas y la lana en la cuenta de sus parientes. Lo normal es que no sea así y que lo único que importaba, que era la consagración histórica del Supremo, su posteridad, quede hundida entre robos y muertos, en el mismo cementerio que los recursos del país.
Luego está la evidencia estadística de que la idiotez del estamento político es un reflejo a escala de la estupidez humana, pero eso lo dejamos para otro día.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09