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Si la puesta en escena es buena, el click va a existir
00:10 viernes 28 agosto, 2026
Colaboradores
Un sombrero de charro y una energía tremenda bastaron para que Katy Perry marcara el que, para muchos, fue el concierto del año en San Luis Potosí. Conozco muy poco de la artista, si acaso dos o tres canciones y una de ellas, I Kissed a Girl, se la escuché al personaje de Amy en la sitcom The Big Bang Theory. No soy precisamente un fan, y es justo eso lo que trato de enmarcar desde el inicio de la columna de esta semana. Sin embargo, me tocó, un tanto por tema laboral y otro por cuestión de curiosidad, no voy a mentir para convivir, seguir el concierto que la norteamericana brindó en tierras potosinas. En casa, desde luego. Lo primero que se debe reconocer es que Katy Perry trae un show fenomenal. Tengo la premisa de que no es necesario ser un fiel seguidor de un cantante o de un grupo musical para reconocer cuando existe calidad sobre un escenario. Si la puesta en escena es buena, el click va a existir. Eso sucede con Katy Perry porque es una showwoman en todos los sentidos: talentosa, carismática, con sentido del humor y con una química con el público que no se ve todos los días. Existió alrededor de este concierto, como ocurre con muchos otros que terminan inmersos en la conversación del México de hoy, mucha opinión dividida. Que si costó demasiado, que la gente merece asistir a un espectáculo de ese nivel, que mejor se invierta la lana en baches y escasez de agua, que también la gente merece divertirse. Contrastes y más contrastes. Mi postura ante todo eso es, como siempre apelo en este espacio, que el ciudadano nunca deje de cuestionar correctamente, pero tampoco tiene por qué privarse de disfrutar ni de sentir culpa si decide ir a un espectáculo, especialmente si el show vale la pena. En medio de mi trabajo en casa, redactando notas y revisando temas editoriales, miraba de reojo mi celular, en el que tenía la transmisión en vivo del concierto. Esperaba I Kissed a Girl, obviamente; y también Firework. Lo demás fue mantener la esperanza de que el ritmo y la tonada me remitieran al clásico "cierto, también la he escuchado". Pero entre el talento, la efusividad del público potosino y la chamba, nació el tema de esta columna durante la primera media hora del concierto. Katy Perry mostró una imagen de ella en una laptop gigante y emitió una reflexión sobre la inteligencia artificial. Un tema que nos concierne a todos y que no dejó de llamarme la atención cuando la cantante gritó con fuerza y determinación, "You make AI your bitch! You make AI work for you! Let it work for you! You tell it what to do!" Y es que ante el tremendo avance de la inteligencia artificial urge entender que no podemos ni debemos quedarnos atrás. No lo digo desde la idealización ni desde el satanismo de quien la utiliza o la rechaza tajantemente, sino desde la manera en que nos integramos a ella y en cómo comienza a formar parte de nuestras nuevas dinámicas. La inteligencia artificial está aquí y puede ser una herramienta extraordinaria, pero también resulta esencial no perder lo humano en medio de todo esto. Veámoslo en asuntos mucho más cotidianos. Podemos pedirle a una inteligencia artificial que nos ayude con los trabajos escolares, que nos dé una receta para el guisado de hoy, que nos explique qué puede tener el perro cuando se comporta de determinada manera o incluso que nos acompañe cuando queremos contarle las penas. Puede resolver dudas, ordenar información, explicar conceptos, resumir textos y ayudarnos a encontrar respuestas en cuestión de segundos. Y qué maravilla que pueda hacerlo. Sin embargo, no se debe perder lo humano. Todo esto me recordó a mi formación literaria y a mi afición por los libros cuando un buen amigo me preguntaba si no sentía que era un riesgo que la inteligencia artificial tuviera la capacidad de resumir una novela, crear un discurso o incluso un ensayo a partir de los temas del texto y generar cuestionamientos enfocados a tal o cual aspecto. Desde este lado, me parece, afirmé con temerosa seguridad, que no. O, por lo menos, no necesariamente. Encuentro en mis círculos de lectura algo que difícilmente puede sustituir una inteligencia artificial y es que una máquina puede entregarnos en segundos el resumen de un libro, una lista de sus personajes, los temas centrales, los símbolos que aparecen y hasta las interpretaciones que otros lectores han encontrado. Puede incluso ayudarnos a formular preguntas para discutirlo. Pero lo interesante es que llegamos a una mesa y alguien dice que aquel personaje le recordó a su padre. Otra persona cuenta que una escena le hizo llorar porque le recordó una pérdida. Alguien más asegura que el protagonista no es víctima, como todos parecían pensar, sino responsable de lo que le ocurre. Otro lector discrepa y explica que lo entiende así por algo que vivió hace veinte años. De pronto, una novela que parecía tener un significado comienza a tener diez. Eso no estaba ni en el resumen ni en la lista de temas que pueden darte Chatgpt, Gemini o cualquier otra IA. Está en nosotros. Y luego vamos más allá cuando lloramos por un personaje que quizá a otro le resultó indiferente; nos enoja una escena que alguien más considera necesaria; o encontramos una relación entre dos acontecimientos que otro lector jamás había advertido. Y, cuando hablamos de ello, la interpretación del otro modifica la nuestra. Eso me trajo a Juan Villoro a la cabeza cuando, en una entrevista para esta casa informativa, hablaba de la importancia de no perder de vista aquello que nos hace profundamente humanos frente a todo este avance tecnológico. Y mire, amable lector, cómo terminó conectando esto con Katy Perry. No tengo la habilidad para meterme en la mente de otros, así que me aventuraré apenas un poco. Quizá la cantante quiso transmitir, desde su propia trinchera artística, la necesidad de que la tecnología trabaje para nosotros y no termine sustituyendo aquello que hacemos como personas, o bien, quizá simplemente quiso dejar un mensaje acorde con los tiempos que vivimos. Pero hubo algo más que me llamó la atención. Durante el concierto, Katy Perry no solamente cantó, sino que se acercó al público, interactuó con sus seguidores, compartió momentos con ellos y hasta subió a un niño al escenario. Del otro lado había miles de personas saltando, gritando, cantando y, seguramente, abrazándose. Personas que probablemente no se conocían entre sí y que durante unas horas compartieron exactamente la misma emoción. Y eso también es profundamente humano. Una inteligencia artificial puede recomendarnos una canción. Puede explicarnos por qué funciona, traducir su letra, contarnos la historia detrás de ella e incluso crear otra parecida. Puede ayudarnos a descubrir música nueva y acompañarnos mientras hacemos prácticamente cualquier cosa. Pero darle significado a todo ello todavía pertenece, y lejos de morir, a nosotros. Katy Perry llegó a San Luis Potosí con un sombrero de charro, un espectáculo enorme y una computadora gigante sobre el escenario. Después de eso, lo que más me hizo pensar no fue la tecnología que hizo posible aquel concierto, sino la gente que estaba frente a ella. O desde una pantalla en plena jornada laboral iniciando esta columna.