Vínculo copiado
El torneo de futbol que sucede cada cuatro años está más allá de los millones de dólares que genera e, incluso, de la práctica pública de un deporte
00:10 jueves 16 julio, 2026
Colaboradores
Escribo triste porque no será Francia quien dispute la Copa Mundial de Futbol a Inglaterra o a Argentina el domingo. No peno sólo por la selección francesa: peno por Francia –y exultaría por ella de haber logrado el pase– porque así lo siento, porque es justo cómo significamos las cosas quienes cada cuatro años seguimos –además de a nuestro equipo nacional– a un favorito personal, aun a sabiendas de que no volveremos a ocuparnos de futbol hasta la siguiente cita cuadrienal.
Mi selección francesa –lo es aún en la derrota– es capitaneada por Mbappé y entrenada por Zidane, pero en ella juegan Baudelaire y Bourdieu, Camus y la Veuve Clicquot, Deneuve y Dior, Gainsbourg y Godard (aun si sé que es mitad suizo). Es decir que la he elegido por razones que incluyen el futbol –mis modestos conocimientos me dan para reconocer la habitual solvencia y la poesía (más bien vanguardista) de su juego– pero que también lo trascienden. Francia es mi equipo porque me conmueven el imaginario de esa cultura y los valores que identifico con ella, dos de los cuales –la plurietnicidad y la multiculturalidad– se ven reflejados no sólo en que su jugador estrella sea hijo de camerunés y nieto de argelinos sino en que figure junto a otros 15 de origen migrante africano, a los que habrá que sumar cinco con raíces en los territorios franceses de ultramar y tres que, además de la francesa, ostentan otra nacionalidad europea.
La confesión sirve para ejemplificar lo que está en juego en cada Mundial, más allá (y aun por encima) de los millones de dólares y la práctica pública de un deporte a menudo emocionante y por momentos hermoso: narrativas nacionales. Rito tribal que es también festival semiológico, cada Mundial sirve para que muchos de los países participantes –si no todos– recalibren su singularidad cultural ante una audiencia global.
Este 2026, la amistosa y honorable rivalidad Inglaterra – Noruega ha sido fuente de poder suave para ambas naciones, al tiempo que esta última devino, como dice una amiga, un nuevo país latinoamericano merced a una anglofobia mexicana impostada y fugaz. Este Mundial restituyó a Cabo Verde la relevancia cultural que venía erosionándosele desde la muerte de Cesaria Évora, refrendó la fascinación mexicana por la cultura coreana y, pese a momentos entrañables protagonizados por la afición estadounidense, confirmó –en el trato de las autoridades migratorias a la selección iraquí, en la llamada gangsteril del presidente Trump– la crisis de valores no por parcial menos perniciosa que aqueja a ese país.
No hay senadora paraguaya, ex presidente español, columnista argentino o derrota deportiva que pueda privar a un país de su narrativa nacional: de la idea que quienes lo integran y quienes lo admiramos nos hacemos de él.
Allez, donc, Kyks! Allez les Bleus!
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector