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En más de un sentido, es un juego que el país conoce bien
00:10 miércoles 7 octubre, 2026
Colaboradores
La derrota inminente de Luiz Inácio Lula da Silva en la elección presidencial de Brasil representa un serio, grave problema para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, el más importante de los dos gobiernos de izquierda democrática que quedan en América Latina.
Lula da Silva se encuentra al borde del precipicio, luego de perder la primera vuelta electoral brasileña por 48 a 45 por ciento, en una avalancha que dio a los partidos derechistas una mayoría casi absoluta en las dos cámaras del Congreso brasileño y el control de 18 de los 26 estados del país.
Se espera que esa ventaja crezca en la segunda vuelta, el 25 de octubre, con el agrupamiento de partidos de derecha.
En términos reales, de los gobiernos de la llamada "Marejada Rosa" que dominó parcialmente la región durante la década pasada, sólo quedan el régimen de Morena en México y el Frente Amplio que encabeza el presidente Yamandú Orsi en Uruguay.
Paralelamente, los otros únicos aliados que parecen quedarle a la mandataria son los gobiernos de Cuba y Nicaragua, considerados como autoritarios y poco democráticos, con problemas propios que los hacen más necesitados de ayuda que en posibilidad de ofrecerla.
El desafío se complica con las crecientes presiones que ejerce el gobierno de los Estados Unidos, empeñado por un lado en una campaña para establecer su predominio en el hemisferio occidental, como indica la llamada "Doctrina Donroe", y por otro en hacer de México un socio más cercano y apegado a sus propuestas.
Ciertamente, la presidenta Sheinbaum hace todo lo que está a su alcance para tratar de convencer al gobierno estadounidense de que no representa un peligro para ese país y, en cambio, sí, un aliado confiable en temas que los preocupan, como seguridad y certidumbre.
Pero al mismo tiempo, parece obligada a tratar de establecer una posición pública de resistencia a las demandas estadounidenses, a través de una retórica fuerte, que satisfaga las demandas de un sector “duro” que aún cree posible el desafío sin consecuencias.
En más de un sentido, es un juego que el país conoce bien. Durante décadas, los regímenes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mantuvieron un considerable margen de maniobra política.
Ahora, esa comodidad casi desapareció y su libertad de acción puede quedar constreñida por las presiones económicas y las amenazas del gobierno de Donald Trump, operaciones militares, más retóricas que reales, pero posibles y ya sobre la mesa.
En otro plano, la derrota de Lula da Silva implica un serio golpe a la izquierda regional, más por las implicaciones: ciertamente tienen razón en señalar el abierto interés del gobierno estadounidense y sus aliados conservadores, pero no pueden –o al menos no deben– cerrar los ojos a sus propios problemas, de dar poder a personas con más ideología que conocimientos, a problemas de corrupción que no ayudan a resolver las necesidades de sus presuntos votantes.
Eso pareció determinante para la derrota de Lula da Silva y al parecer ya anuncia los problemas que enfrentarán los regímenes de derecha. Pero un nuevo cambio tomará años y no es consuelo para el gobierno Sheinbaum.
Por José Carreño Figueras