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Para entender la modernidad nunca habría que dejar de leer a los clásicos
22:18 viernes 30 octubre, 2026
Colaboradores
Quién podría comprobar que un texto está generado por inteligencia artificial. Decía uno de mis profesores en mis albores de la carrera de letras que para entender la modernidad nunca habría que dejar de leer a los clásicos. El auge de esta herramienta -sí, herramienta- viene avanzando a pasos descomunales, pero junto con este galope de posibilidades también el debate suena encendido, curioso y difícil de aterrizar. En el ámbito de la redacción de textos el panorama abre un mundo infinito de posibilidades, especialmente en la precisión, la concordancia y la coherencia, esos aspectos que cualquier lingüista o profesor de escritura nos parecen una religión. No se diga temas tan básicos como la puntuación o la acentuación, principios que, dicho sea de paso, no son los más lúcidos de la práctica escrita, al menos no en México. Y lo expreso no solo desde la trinchera del amor y respeto por el lenguaje mismo, sino también desde la experiencia docente, pues me he visto en la necesidad de evaluar ensayos académicos escritos a mano y en tiempo real a mis estudiantes de licenciatura. En esencia, la expresión escrita vive una evolución tremenda. Hemos pasado, casi sin notarlo, de la crítica al uso incomprendido -y casi ofensivo- de 'ke' y 'kiero' -por mencionar algunos- a textos pulcros, sin una coma de más o con tildes olvidadas en el tintero. Con ello, vuelvo a la pregunta fundamental de quién o cómo podríamos cerciorarnos de que un texto está generado por inteligencia artificial. Recientemente, en el ámbito periodístico tuve la fortuna de asistir a una serie de conferencias sobre el tema y, en una de las charlas magistrales, un especialista dio la respuesta que uno intuye, pese a mantener la esperanza viva de que mágicamente podamos resolver el enigma, y fue que aún no existe un método para confirmar cien por ciento que una oración, párrafo o escrito fue elaborado mediante estas herramientas. No se diga imágenes o videos. Y podrá anteponer a mi argumento, amable lector, que es evidente ver una imagen o video y darnos cuenta que alguien recurrió a chatpgt o Gemini para generarlo; hay ciertas características que lo hacen posible como el equilibrio en los colores, el diseño tan simétrico y la precisión en la redacción. Pues algo similar ocurre en los textos escritos; si usted va ahorita a una de estas herramientas, le copia y pega esta columna y le pide una versión diferente de ella, lo más seguro es que le arroje un escrito conformado de oraciones breves, que evita la enumeración separada por comas, hay un excesivo uso de los dos puntos y una adjetivación tan llevada al límite, como si quisiera convencernos de que aquello que está escrito es la crema y nata del tema.
Sin embargo, no hay una herramienta que contravenga a la inteligencia artificial ni existe modo alguno de afirmar que este o cualquier otro texto no tienen voz humana. Uno recurre a la práctica lectora, a la familiaridad con las palabras o, en casos muy contados, al conocimiento de reglas y gramática. Los autores de libros, crónicas, reportajes, columnas o publicaciones en Facebook mantenemos muletillas; los lectores, viejos lobos, nos damos cuenta. ¿A qué viene toda esta reflexión? Un tanto por la pasión hacia las palabras, aunque también el caso de 'Donde el agua trabaja', un libro que ha sido señalado por estar "escrito por IA al 99 por ciento". Los titulares le han dado la vuelta al mundo, mientras que la cancelación de presentaciones del libro junto a las posturas tanto de la editorial y el autor ponen en el centro del debate ya también al ámbito literario. Más allá de creerle o no al escritor, quien afirma tener los borradores previos que podrían convencernos de que concibió y produjo la historia, nos enfrentamos -quienes vivimos pegados al libro- a un doble reto como lectores. Primero, el dar el voto de confianza a un autor; y segundo, el dejarnos llevar por ese camino bien cimentado por los clásicos, como Cervantes, Dostoievski y Joyce, hasta por los más contemporáneos, como Borges, Rulfo, Garro o Montero, y quizá no saber si nuestro corazón lo robó la protagonista nacida de la brillante mente de un autor o si habrá que continuar ese camino sin perder de vista, como decía Villoro, lo que nos hace humanos.