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Siempre he dicho que las analogías con el nazismo o el fascismo son uno de los síntomas inequívocos de ramplonería intelectual
00:10 viernes 14 agosto, 2026
Colaboradores
Leo en “Dictadores”, el libro de Frank Dikötter sobre el culto a la personalidad en el siglo XX, lo que es obvio y sin embargo me había pasado desapercibido: a Hitler no le gustaban las estatuas. El culto al líder en la Alemania nazi fue, por supuesto, demencial. Se multiplicaban sus retratos en cuanta casa u oficina, igual que los ejemplares de “Mi lucha” (cobro de regalías incluido: no es broma).
Se rebautizaron calles, avenidas, plazas, edificios, con su nombre, por cientos o miles. Se produjeron documentales a su mayor gloria, casi todos idiotas y cursis, aunque dos de ellos, “El triunfo de la voluntad” y “Olimpia”, con la firma virtuosa y mefistofélica de Lenin Riefenstahl. Y, cómo no, se hizo lo que en la Italia de Mussolini: distribuir radios de bajo costo entre los alemanes para que escucharan sus discursos, que en todo caso resonaban en altavoces instalados masivamente en los sitios públicos. Pero no se levantaron estatuas. Le parecía al führer que le quitaban sobriedad a la propaganda.
Siempre he dicho que las analogías con el nazismo o el fascismo son uno de los síntomas inequívocos de ramplonería intelectual –vean la facilidad con que el chairismo etiqueta cualquier cosa de “facho”–, pero resultan al menos curiosas las similitudes del fenómeno nazi con lo que vemos en este país desde 2018.
En 2022, Atlacomulco amaneció con una estatua de AMLO. 1:80 metros de macuspanidad hecha roca. Duró tres días, antes de que la descabezara y despiernara a saber quién, pero el Supremo Líder no lo lamentó, al menos públicamente. No podía. Poco antes, dijo que estaba en contra de esas formas de culto.
No es su única similitud con Hitler (y con Papa Doc Duvalier, a propósito). Si el licenciado, como el cabo, rechazaba las estatuas, el licenciado, como el cabo, le entró sin pudores al auto homenaje vía los medios. Ahí tienen las mañaneras, que invadieron todos los canales del gobierno, todos los días, en un ejercicio de narcisismo con dineros públicos que solo los muy cínicos o los muy fanáticos se atreven a etiquetar de “rendición de cuentas”.
Eso fue también la fortuna gastada en pagar a los, es un decir, reporteros de la mañanera, esa corte de los milagros, o en sacar de la quiebra al “Granma” local, o en meterle unos milloncitos a la revista, es otro decir, de humor, de los, otro decir, moneros.
Y eso es lo que explica las dos noticias que han circulado en los últimos días: la circulación de un, es el cuarto decir, documental de 2025 producido por el Once, una hagiografía que desde luego no hizo una Leni Riefenstahl mexa, por Dios, y el modo en que unos pobres niños recibieron como premio a sus esfuerzos un ejemplar de, ¿lo adivinan?: sí, el último libro del licenciado. Fue en Tabasco, cortesía del gobernador. Es el último decir. Lo pagamos nosotros. Como todo.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09