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Sirat no es una película sobre un conflicto armado o sobre un padre que busca a su hija
00:10 jueves 29 enero, 2026
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La pista definitiva de la intención política de Sirat –la cinta del franco español Óliver Laxe que conquistara el Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes y que podría llevarse el Oscar a la mejor película internacional– figura en último lugar y tipografía pequeña en el roller; se trata del nombre de la empresa constituida para su producción: Los Desertores Films AIE.
Hay en él un juego de palabras con ese desierto de arena que constituye no sólo el entorno de la película sino acaso su personaje principal: uno que engulle y espeta, rechaza y cobija, mata y prodiga. Más allá –y etimología compartida mediante–, el nombre de la razón social apunta al carácter profundo de la pequeña banda de ravers que constituye el núcleo emocional de Sirat: tocados por discapacidades físicas, dotados de una educación sentimental y una moral sexual distintas, abanderados de una estética y una ética divergentes, son al mismo tiempo –y ya desde el mero ejercicio de su identidad– disidentes políticos, tránsfugas de las sociedades contemporáneas y sus formas de ejercer el poder, decididos a desertar en el desierto, a abandonar el mundo que los abandonó –¿o que se abandonó a sí mismo?–, abandonándose a sus pulsiones primigenias en un paraje yermo.
Parábola contemporánea cuya acción es detonada por un padre (Sergi López) que recluta a su hijo prepúber (Bruno Núñez Arjona) para lanzarse en pos de una hija raver que lleva 5 meses sin dar señas, Sirat está ambientada en un país vagamente magrebí del que sólo sabemos que se habla árabe y francés y que está al norte de Mauritania. Si bien todo apunta a Marruecos, la imprecisión facilita la universalidad: el rave en que desapareciera la hija no puede dejar de recordarnos la masacre del Festival Nova en Israel a manos de Hamas; la presencia constante de un Ejército represor no hace sino evocar, a su vez, la ocupación israelí de Gaza; las minas antipersonales que pueblan la parte final de la cinta podrían ser las de Ucrania o las de Afganistán, las de Camboya o las de Siria. Sirat no es ésta una película sobre tal o cual control militar, sobre tal o cual atentado terrorista, sobre tal o cual guerra cruenta: es una cinta sobre un mundo todo que parece haber perdido la brújula moral.
Más de un crítico ha apuntado su deuda con otra película desértica y política: la Zabriskie Point de Antonioni, que también pone en escena a personajes que deciden huir al desierto –y a su propio cuerpo– para protestar contra el establishment. Hubo que esperar décadas para que deviniera un clásico la cinta que fracasó en ese 1970 en que la ira era prerrogativa de la contracultura. Hoy que en Minneapolis como en Kiev, en San Salvador como en Gaza, la violencia la ejerce un Estado impune, entristece pero no sorprende que Sirat nos interpele tanto.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threds: @nicolasalvaradolector