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Al Interoceánico le tomó un par de años matar a su primer bloque de ciudadanos. Es la primera vez que la política ferroviaria cuesta vidas
00:10 jueves 1 enero, 2026
Colaboradores
El sábado, de camino a Cuernavaca por el segundo piso, desde el asiento del copiloto, la tía C vio el teleférico, ese que atraviesa Chapultepec y, sobre todo, el tráfico infernal y la falta de transporte público en tierra, y me dijo que le gustaría subirse un día de estos, a ver qué tal. Me pareció entendible.
Como es sabido, ese fin de semana, el domingo, vimos descarrilar el Tren Interoceánico en Oaxaca, con el resultado terrible de 13 personas muertas y unas 100 heridas. Hay un sector de las redes y los medios, ciertamente pequeño, que llama a no especular y esperar los resultados de, dicen –y lo dicen sin que se les salga la risa– una investigación a fondo. Aceptemos el reto. Sin especular, es un hecho que hubo algún experto foráneo que avisó del peligro que implicaba el tren tal y como había sido estrenado, con materiales dudosos, proveedores más dudosos todavía y sin la intervención de expertos civiles en el proceso, como es debido; que el gobierno le metió el acelerador a las obras para inaugurarlas con un riguroso respeto al calendario político; y que uno de los orgullos del nepotismo del presidente inaugurador quedó a cargo de “supervisar” el proyecto, con toda la solidez de sus estudios de Sociología.
Como es también un hecho, no una especulación, que la estadística juega en contra del gobierno de AMLO. Es falso que en todos los sistemas de trenes haya accidentes. Redes mucho más amplias que la mexicana, la japonesa por ejemplo, como nos recordó el sensei Aurelio Asiain, lleva décadas en funcionamiento sin un solo accidente mortal. Esa es la norma. Al Interoceánico, en cambio, le tomó un par de años matar a su primer bloque de ciudadanos. Pero hay más. Es la primera vez que la política ferroviaria del licenciado López cuesta vidas, pero no la primera que los trenes del Interoceánico o de la zona maya chocan o se descarrilan. Es, de hecho, la sexta en dos años. Hagan números.
Tampoco es que haya motivos de sorpresa. El sexenio pasado es el de los ventiladores para enfermos de Covid que acabaron o en bodega o en Cuba, por su peligrosísima inutilidad; el de la vacuna Patria, que sigue sin matar a un virus; el de las inundaciones en Dos Bocas; el de la red social chaira, que ya me dirán ustedes dónde anda; el del fracaso integral del Insabi; el del desastre todavía no resuelto con el abasto de medicamentos (farmaciota incluida), y la lista sigue. Ineficiencia, más, en todos los casos, indicios o pruebas de que se premió con sumas brutales, vía la no licitación, a parientes y amigos con empresas hechas a modo y a la carrera. También sin excepción, las investigaciones esas que tenemos que esperar terminaron con el velador y dos mandos medios bajo investigación. Ellos, y nadie más.
La tía C se va a quedar con las ganas de subirse al teleférico.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09