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La lógica del “movimiento” ya no es ganar el poder -lo tienen prácticamente todo-, sino defender sus cotos.
00:01 miércoles 18 febrero, 2026
Colaboradores
Hay momentos en que la política deja de parecer una partida de ajedrez y se vuelve un vagón del Metro en hora pico: no opera como un tablero definido en el que cada pieza ocupa su lugar y las reglas están claras, sino como un espacio saturado con poco margen y muchas presiones. Lo que impera, entonces, es menos el despliegue paulatino de una estrategia que la pugna constante entre cuerpos tratando de hacerse un lugar.
Así se ve, desde hace semanas, la coalición gobernante. Relevos que, en lugar de hacerse a un lado, se atrincheran. Salidas forzadas que, aun así, logran extraer condiciones e impunidad. Ajustes que sacrifican lo sustancial para quedarse en lo simbólico. Reformas que tienen que replantearse por inconformidad no de la oposición sino de los propios aliados del partido en el poder. Aspirantes a candidaturas dispuestos a desobedecer a sus dirigentes. Todos los casos exhiben una misma mecánica: la de una autoridad incapaz de ejercerse con determinación, obligada a forcejear cada centímetro. La presidenta trata de impulsar su agenda; las resistencias, sin embargo, se le acumulan.
El motivo de fondo no es una ruptura entre Sheinbaum y López Obrador, es el conflicto resultante de que ella intente hacer valer su visión y su voluntad por encima de las herencias que le dejó su antecesor. Es muy improbable que rompa con él; lo que necesita, más bien, es reencauzar la lealtad de la coalición -o al menos de una parte significativa de la misma- de Palenque a Palacio. El problema es que ese desplazamiento está muy lejos de ser un mero trámite, una resolución susceptible de imponerse por decreto. La “4T” es una criatura obradorista: en sus bases, su programa, su organización, sus pactos y, sobre todo, en su manera de hacer política. Todos son “compañeros”, tienen que “llegar a acuerdos”, deben prevalecer “la unidad y el respeto”. Nadie salvo el expresidente podía mandar con verticalidad, sin rebeldías ni regateos, aunque siempre procurando la coreografía de estar obedeciendo al “pueblo”.
Ese estilo servía mientras hubiera un centro indiscutible que partiera y repartiera el pastel de la victoria. La cuestión es que ya no hay un centro y el pastel no alcanza para satisfacer las ambiciones, resolver los desacuerdos, gestionar las incertidumbres, en fin, para crear disciplina. La lógica del “movimiento” ya no es ganar el poder -lo tienen prácticamente todo-, sino defender sus cotos. Y eso hace que cualquier cambio, que la presidenta tome una decisión o contravenga una inercia, represente una amenaza. Por eso se aferran; por eso negocian; por eso desafían.
No estamos ante episodios de insubordinación pasajera: esto es la normalización de una crisis de liderazgo, es decir, de (des)organización del poder. Sus causas son evidentes; sus consecuencias, impredecibles. La épica de la transformación se agotó; lo que predomina ahora es el instinto de supervivencia.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg