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Óscar Martínez muestra cómo Bukele supo convertir el clamor popular por seguridad en un cheque en blanco
00:10 domingo 10 mayo, 2026
Colaboradores
A Nayib Bukele le sobran etiquetas: “el dictador más cool del mundo”, “CEO de El Salvador”, “dictador milenial” o el autócrata “más popular del mundo”. Cada membrete enfatiza algo –su estética entre Bolívar, emperador Sith y Locomía; su presunta eficacia ejecutiva; su novedad generacional o el apoyo masivo con el que cuenta–, pero todos acaban favoreciendo su imagen. Óscar Martínez (San Salvador, 1983) propone una fórmula más incómoda: Bukele, el rey desnudo (Anagrama, 2026).
La alusión al cuento de Andersen busca arrancarle al personaje la ropa de su propaganda. Si en aquel relato el emperador desfila desnudo mientras sus súbditos fingen admirar un traje inexistente, en este caso la operación consiste en organizar la mirada pública para que sólo vea lo que le conviene al mandamás. Lo de Martínez, en ese sentido, no es tanto la denuncia de una mentira como la revelación de un dispositivo óptico. Su Bukele es menos un monarca encuerado que un hechicero retratado en el taller donde fabrica sus telas mágicas.
Bukele no inventó el hartazgo frente a la violencia. Lo identificó, lo manipuló y lo convirtió en arma política. Tras décadas de extorsión, angustia y muerte, la sociedad salvadoreña estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que prometiera orden. Este libro desmonta el truco: antes de las cárceles hubo pactos; antes de la mano dura, negociaciones; antes que paz, gestión del miedo. Al final, el “milagro” bukelista no fue sólo derrotar a las pandillas, sino convertir esa derrota en permiso para destruir contrapesos, normalizar atrocidades, imponer obediencia y, además, exigir gratitud.
Martínez reconoce que la pacificación ha cambiado para bien la vida cotidiana de los salvadoreños, pero se resiste a que esa verdad funcione como coartada autoritaria. Y por eso confronta el precio de dicha transformación: detenciones ilegales, cárceles atestadas, familias que buscan a inocentes atrapados en el régimen de excepción, jueces sometidos, periodistas perseguidos, opositores intimidados. No son daños colaterales ni manchas menores en una historia de “éxito”; son los frutos de la dictadura edificada con esa “victoria”. Porque en El Salvador de Bukele la seguridad no es una obligación del Estado, es el patrimonio de un presidente que la concede, la administra y la cobra.
Martínez no escribe con la frialdad de un observador distante, sino desde su experiencia personal en El Faro, un medio de comunicación cuyos periodistas han pagado con el exilio las consecuencias de investigar el lado oscuro del bukelismo. Mientras muchos aplauden el “éxito” de ese “modelo”, otros tienen que huir de él para no padecer sus abusos. De lejos se ven las cárceles y los altos índices de aprobación presidencial; de cerca se padece la tragedia de una nación que ha aceptado sustituir la anarquía del crimen por la tiranía del poder. He ahí el punto ciego que este libro insiste en exhibir.
Carlos Bravo Regidor
Colaborador
@carlosbravoreg