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Para Washington, la prioridad no es rehacer Venezuela sino reorientar su comportamiento estratégico
00:10 miércoles 7 enero, 2026
Colaboradores
La remoción de Nicolás Maduro no anuncia un cambio predecible: inaugura un escenario radicalmente incierto. Lo que por ahora se alcanza a vislumbrar en Venezuela no es una transición ni una ocupación: es una modalidad de intervención que depone al dictador sin desmantelar la dictadura y ejerce poder sin asumir responsabilidad.
Estados Unidos no ha dado señales creíbles de impulsar un proceso de democratización. Trump descartó de inmediato a María Corina Machado, la figura que habría encarnado una ruptura inequívoca con el proyecto bolivariano (a Edmundo González ni lo mencionó). En su lugar, dio un discurso en el que no hubo referencia alguna a la voluntad del pueblo venezolano. El de la Casa Blanca no fue un mensaje sobre la gobernabilidad o la democracia, fue una advertencia sobre capacidad militar, petróleo y seguridad hemisférica.
Pero Estados Unidos tampoco se está mostrando dispuesto a asumir los costos que implicaría una ocupación en sentido estricto. No hay indicios de que vaya a desplegar tropas en suelo venezolano ni a instalar un nuevo gobierno tutelado desde Washington. Nada sugiere que su propósito sea crear un andamiaje que asegure su presencia en el territorio, sustituya a las autoridades locales o depure al Estado de funcionarios leales al chavismo. Una ocupación obliga a hacerse cargo del orden que crea; en este caso, sin embargo, todo apunta a una intervención que rehúye deliberadamente cruzar ese umbral.
Estamos, pues, ante una situación inédita que combina la disrupción de un acto de fuerza ejercido por una potencia mundial con los cálculos de una sucesión administrada al interior de una autocracia. Para Washington, la prioridad no es rehacer Venezuela sino reorientar su comportamiento estratégico: regular el acceso a sus recursos, redefinir su alineamiento geopolítico, impedir que siga operando como una plataforma de proyección china, rusa e iraní en el continente. Para Caracas, el objetivo es evitar que la caída de Maduro signifique el colapso del régimen: procurar que no haya escisiones en la coalición hegemónica, contener a la oposición democrática, reducir los incentivos a que Estados Unidos escale su ofensiva. Entre ambas lógicas no se perfila una solución estable, sino un acomodo endeble sostenido en la coincidencia parcial de intereses bajo restricciones mutuas. Trump quiere mandar sin gobernar; la dictadura, sobrevivir sin transformarse.
No es un plan diseñado de antemano, es un experimento que se irá definiendo sobre la marcha: Washington presiona, fija lineamientos, gestiona represalias; Caracas cede lo indispensable, implementa lo posible y va adaptándose a las circunstancias. No hay reconstrucción pero tampoco vacío: hay un uso instrumental de la incertidumbre y la precariedad como formas de control. Está por verse qué tan seguro o caótico es el desenlace de semejante fórmula. Lo que queda claro, de momento, es que Estados Unidos más que acabar con la dictadura venezolana está tratando de cooptarla.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg