Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
La ópera, el ballet y otras artes no tienen una audiencia masiva. ¿La necesitan? Sí, pero no. En el matiz está el desafío
00:01 jueves 12 marzo, 2026
Colaboradores
Supongamos que llego a viejo. Y supongamos que ahorré y no tengo necesidad urgente de dinero. Entonces escribiré poesía, cosa que nunca he hecho y para la que no he estudiado, pero para la que creo no carecer por completo de competencias. (Lector de buena poesía desde la adolescencia, he traducido además no pocos poemas –y de muy buenos poetas– por encargo profesional.)
Si mi poesía es mala, no conseguirá editor. Si es buena, lo tendrá y serán editados 500 ejemplares. Si es muy buena, mi libro llegará a los mil, conocerá una reedición una década más tarde, y acaso alguno de mis poemas figure un día en una antología. Sólo de ser extraordinaria –lo que resulta muy improbable– conocerá múltiples ediciones y generará regalías respetables, más para mis sobrinos nietos que para mí o para mi esposa. (En poesía, los títulos de éxito son long-sellers, no best-sellers.)
La poesía no es buen negocio ni ruta segura a la inmortalidad. Lo cual no mina mi placer por leerla hoy ni mi ilusión de escribirla un día. No aspiro a que llegue a grandes masas –no la mía aún inexistente y no la de T.S. Eliot, no la de Safo y no la que ha de escribirse en dos siglos– sino a aquellos a quien pueda interpelar, por fuerza pocos al tratarse de un producto de nicho cuyo consumo requiere familiarización y adiestramiento previos. Me interesa en sí misma, ya sólo porque ofrece al pensamiento avenidas más polisémicas que la narrativa y menos rígidas que el ensayo. Quiero su pervivencia. Para ello busco procurarle no hordas de lectores sino sólo los que le son propios. Y lo hago no mendigándole atención sino incorporándola de manera natural y dinámica en mi trabajo o en mi conversación, cuando viene al caso.
Dicho esto por alguien que trabaja con gusto en medios masivos de comunicación hace 35 años.
20 años menor que yo, Timothée Chalamet lleva 12 de trabajar en el cine, que es una industria pero cuyos productos no son todos para las grandes audiencias. Verbigracia su filmografía: su película más vista, la Dune 2 de Denis Villeneuve, impactó a más de 60 millones de personas; su menos vista, la Miss Stevens de Julia Hart, no llegó a 20 mil; ambas, sin embargo, superan el 90 por ciento de críticas favorables. No es que una sea mejor que otra: son productos que se dirigen a públicos de distinto tamaño.
Poner en duda la relevancia de la ópera o del ballet, como hizo Chalamet el mes pasado, equivale a cuestionar la de la poesía o la del cine indie o la de la alta costura: es un producto de nicho; mientras llegue a un público y lo toque será valioso. Habrá que conceder que también ofrece una oportunidad de oro para discutir el modelo de negocio y la estrategia de públicos de esas artes. Lo haré, y lo haré en un espacio de Heraldo Media Group. Sólo que en uno dedicado a un público más amplio.