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Lectores, espectadores y especialistas han discutido si las versiones en pantalla traicionan
00:10 jueves 12 febrero, 2026
Colaboradores
A la literatura le urgen lectores. El promedio de lectura en México ronda apenas unos cuantos libros al año. 3.4, según las cifras del Inegi en 2023. Entre las principales barreras aparecen la falta de tiempo y, sobre todo, la ausencia de estímulos. El dato no es nuevo, pero sí persistente. Y frente a esa realidad, habría que preguntarnos si estamos facilitando el acceso a los libros o si estamos añadiendo nuevas barreras con un purismo nada alentador para nuevos lectores. En semanas recientes, a propósito de las adaptaciones cinematográficas de 'Frankenstein', de Mary Shelley, y 'Cumbres borrascosas', de Emily Brontë, volvió a encenderse el debate eterno: qué tan fiel es la película al libro. Lectores, espectadores y especialistas han discutido si las versiones en pantalla traicionan, simplifican o deforman las obras originales. La discusión es válida. El cine y la literatura son lenguajes distintos; lo que en la página se sugiere con introspección, en la pantalla se traduce en imagen, ritmo y encuadre. Hay emociones que el libro construye con una profundidad que difícilmente se replica en dos horas de metraje. Y también existen películas capaces de ofrecer lecturas inesperadas, poderosas, incluso perturbadoras. Pero el debate podría ser más amplio. Más allá de la fidelidad, una pregunta más pertinente sería: ¿qué ocurre cuando alguien llega al libro a través de la película? ¿Está cometiendo una falta? ¿Incurre en un pecado cultural por no haber llegado primero al texto “puro”? ¿Es menos lector por haber entrado por la puerta del cine? Como coordinador de talleres de lectura, prefiero mil veces al lector que llega con dudas después de ver una adaptación; prefiero al que compara escenas, al que cuestiona decisiones narrativas, al que abre la novela para corroborar si tal personaje era así o si aquella escena estaba realmente en el libro. Ese lector no está equivocado. Está buscando. Si alguien vio la versión cinematográfica de 'Frankenstein' y decidió leer a Mary Shelley para contrastar visiones, la literatura ganó. Si alguien salió insatisfecho de una película sobre 'Cumbres borrascosas' y compró la novela para explorar su complejidad, la literatura ganó. Poner más barreras a una práctica ya debilitada solo incrementa la distancia entre los libros y las personas. Descalificar el camino por el que alguien llega a una obra puede desalentar más que orientar. El umbral de la literatura no debería ser un filtro de pureza, sino una invitación. La historia cultural está llena de diálogos entre artes. 'El señor de las moscas', de William Golding, ha sido reinterpretado en la cultura popular y revisitado por la música; Iron Maiden convirtió la tensión moral de la novela en un himno eléctrico. Joaquín Sabina invoca Comala en “Peces de ciudad” y, con una sola referencia, activa todo el universo de Juan Rulfo en la memoria del oyente. La pintura ha hecho lo propio durante siglos: Shakespeare inspiró escenas como 'La muerte de Ofelia' en el lienzo; Cervantes ha sido recreado por artistas visuales -Picasso, por ejemplo- que reimaginan a don Quijote desde otros trazos y otras luces. Ninguna de estas obras sustituye al libro: lo evocan, lo expanden, lo ponen en circulación. Incluso la pantalla contemporánea ha producido personajes cuya complejidad ha sido estudiada con herramientas propias de la teoría literaria. Walter White, protagonista de 'Breaking Bad', ha sido analizado en aulas y tesis por la profundidad de su arco moral. No es literatura: es otro lenguaje. Pero dialoga con las mismas preguntas que han ocupado a los clásicos durante siglos. Las artes no compiten entre sí; conversan. Cambian los recursos, pero al final escribimos y leemos sobre los fantasmas de siempre. En un país donde se lee poco, el verdadero desafío no es custodiar la pureza del texto, sino multiplicar los encuentros con él. Qué más da el camino.
Qué más da si fue una pantalla, una canción, un lienzo o una serie. Si alguien abre el libro después de ese encuentro, sin importar la ruta previa, la literatura es la que gana.