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Suele decirse, y al parecer es verdad, que quienes inventaron la pólvora hace muchos, muchos siglos, fueron nada menos que los chinos
00:00 domingo 1 febrero, 2026
ColaboradoresSuele decirse, y al parecer es verdad, que quienes inventaron la pólvora hace muchos, muchos siglos, fueron nada menos que los chinos. Y lo hicieron para distraerse un poco, haciéndose la vida más llevadera jugando con fuegos de artificio. ¡Qué hermoso espectáculo, sobre todo por las noches, era ver el cielo lleno de estrellas que en cuestión de minutos se encendían y apagaban! No creyeron los chinos que la pólvora pudiera servir para otra cosa, de modo que nunca la utilizaron para nada más. Pero un occidental, viendo a lo lejos aquel derroche de luz, se preguntó: «¿Pero, en qué piensan estos tontos? ¡Mirad lo que han inventado! ¿Es que no han entrevisto siquiera la magnitud de su hallazgo? ¡La de cosas que pueden hacerse con la pólvora! ¡Nada menos que dominar el mundo! ¡Y éstos la gastan en infiernitos!». Y el occidental se puso entonces a hacer cuentas. Con esa nueva arma el universo podría caer rendido a sus pies, los cielos y la tierra serían suyos. Viéndolo bien, la pólvora era esa palanca que pedía Arquímedes para… «¿Cómo es posible inventar la brújula –se preguntaba el europeo- sin llevar su curiosidad y continuar su atención hasta la ciencia del magnetismo? ¿Y cómo, habiéndola inventado, es posible dejar de pensar en conducir una flota que vaya a explorar y a dominar las comarcas de allende los mares? Los mismos que inventan la pólvora no saben avanzar en el camino de la química y no fabrican cañones; la disipan, por el contrario, en artificios y en vanas diversiones nocturnas» (Paul Valéry, Miradas al mundo actual).
Los chinos inventaron el papel, pero no por eso fueron más allá, ni crearon empresas editoriales; inventaron la brújula, pero no les interesó dedicarse a la navegación; inventaron la tinta y la pólvora, pero nunca se les ocurrió que estas cosas pudieran hacerlos invencibles: en realidad, ni siquiera les pasó por la cabeza. Ahora bien, si todo esto inventaron los chinos en una determinada época de la historia, quiere decir que por lo menos en esta misma época fueron los hombres más adelantados de su tiempo. ¿Cuándo, entonces, se quedaron atrás, y, sobre todo por qué? La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: porque la mirada de aquella gente era mucho más contemplativa que utilitaria. Contra todo lo que pudieran decir en contra de ella Marx y sus secuaces, a esta gente no les hacía maldita la gracia transformar el mundo; ellos querían únicamente contemplarlo. La mirada oriental era contemplativa; la de Occidente casi siempre ha sido instrumental. Aquélla se contentaba con reverenciar la belleza de las cosas; ésta, en cambio, quiso siempre dominar para poseer. A un hombre de Oriente, como bien dijo Erich Fromm en uno de sus libros, le bastaba con admirar las rosas de su jardín, y cuando las había contemplado a suficiencia, proseguía su camino; el occidental, en cambio, si las flores le parecen bellas, las corta para ponerlas más tarde en un jarrón (y, a ser posible, en el jarrón de su mesa de centro). El oriental admiraba; el occidental nunca ha tenido tiempo para eso: él sólo ha querido poseer; y si la rosa se le muere entre las manos, ¿qué remedio? Él, como quiera que sea, ya la tiene porque la quería.
Prosigamos con nuestra comparación. Para un oriental, un río era un río, y con él sólo era posible hacer dos cosas: o navegar por sus aguas a la hora del crepúsculo sacando de la experiencia enseñanzas filosóficas («Todo fluye», etcétera), o bien sumergirse en él para experimentar lo que podría llamarse «un nuevo nacimiento». El occidental, por el contrario, no ve nada de esto; para él el río no es una maravilla que se mueve, sino un banco de peces que lo sacarán de pobre si sabe venderlos bien.
Para este ser utilitarista no hay bosques encantados ni montañas sagradas; a él, sencillamente, «un río no se le presenta más que como energía para sus turbinas, un bosque como madera o materia prima de vario aprovechamiento y una montaña como un yacimiento de piedras o de menas que puede utilizar para sus edificios o depurar en sus altos hornos» (Johannes B. Lotz, SJ, De la soledad del hombre). Sin embargo, hoy las cosas han cambiado tanto que también para los orientales la Naturaleza ha perdido ya su carácter prodigioso y se ha convertido en una cantera gigantesca que es necesario saber explotar y, por supuesto, aprovechar. ¡También para ellos, cuyo destino parecía ser enseñarnos el arte de la quietud! ¿Y cuál ha sido el resultado de todo ello? Un mundo que se cae a pedazos. Gracias a la mirada codiciosa (a la «razón instrumental», como la llaman algunos), todo ha perdido su misterio: las aves, las nubes, los mares y aun el hombre, que ya no es ese ente sagrado que hacía maravillarse a los filósofos de la antigüedad, sino sólo un par de pies a los que hay que traer marcando el paso para prosperidad y beneficio de las naciones, es decir, de unos cuantos individuos. ¡Todo tiene un precio y todo sirve para algo: he aquí el principio número uno de la razón instrumental! Hoy se habla de que, para evitar las catástrofes ecológicas que se avecinan, debemos aprender a racionar nuestra energía, plantar árboles, desconectar de cuando en cuando nuestros aparatos eléctricos y aligerar las cajuelas de nuestros vehículos. Y todo esto está muy bien. Pero la verdadera solución va mucho más allá: consiste en aprender nuevamente a contemplar, a maravillarnos, sustituyendo nuestros delirios de grandeza por esa humilde virtud llamada reverencia. La contemplación consiste en ver sin querer poseer; deleitarse con el aroma de la flor, pero sin querer cortarla; estar en este mundo como quien se halla en casa ajena. ¿Quién nos dijo que este mundo era nuestro y que podíamos disponer de él a nuestro antojo? «¡No tocar!»: he aquí una orden que había que elevar a rango de imperativo categórico, o, incluso, de exigencia moral. Creo que fue André Malraux quien dijo que el siglo XX será religioso no será. Karl Rahner dijo de él a su vez que sería contemplativo o no sería. ¡Nunca como hasta ahora resultó ser esto tan verdadero! O aprendemos a contemplar, sin querer nada más, o simplemente no habrá futuro. ¡Ah, si también los novios adoptaran también esta máxima, su relación sería más feliz, y estaría menos aquejada de sentimientos de culpa!… Únete a nuestro canal de WhatsApp para no perderte la información más importante 👉🏽 https://gmnet.vip/7Be3H