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Cómo es posible, seguramente nos preguntamos -sin importar nuestra bandera política- que él o ella piense de tal o cual manera
00:40 viernes 15 mayo, 2026
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"Julio Valdivieso volvió queriendo entender México después de 24 años; de lo único que se dio cuenta es que, por más que quería, no podía entenderlo", un crítico después de leer 'El testigo' de Juan Villoro. La política mexicana podría sorprendernos rumbo al 2027, aunque muchas de sus características ya las conocemos desde hace tiempo. Y no solamente me refiero al tema electoral -sínodo que marcará el 2027-, sino por los movimientos que ya comenzaron desde el poder federal, incluso a meses para la siguiente gran disputa política. Es curioso ver cómo se movieron algunas fichas. Cambios en la dirigencia de Morena y en áreas estratégicas; pero llama la atención que son perfiles más técnicos sustituyendo a perfiles más ideológicos. Con todo ello, la alianza oficialista ya dijo que irá junta en el 2027. Y claro, eso tienen que decirlo. Morena, el PT y el Verde necesitan mantenerse unidos para conservar la hegemonía legislativa y política que hoy ya dominan. Si a eso le sumamos que la Suprema e instituciones clave en el país ya responden al proyecto federal; negarlo sería ingenio. Así funciona el poder y así ha funcionado siempre. Por ello, hoy, como en muchas otras ocasiones, no me queda más que hablar al ciudadano, inmerso en una guerra emocional sobre partidos; discutiendo más para pertenecer o desmarcarse del que piensa distinto que realmente para leer la política. Cómo es posible, seguramente nos preguntamos -sin importar nuestra bandera política- que él o ella piense de tal o cual manera. "Perdió sus privilegios". "Neh, le regalan dinero". "Maldito prianista". "Es un nini". Y mire, estimado lector, yo siempre asiduo a no mostrar bando político, debo reconocer dos cosas: primero que el oficialismo ha quedado a deber de forma abismal en educación, seguridad, impunidad, salud, combate a la corrupción; las cifras lo revelan, no la más bonita, sino la lectura sesuda de los datos y sus determinantes. Segundo, con temible certeza he de reconocer que la oposición no deslumbra en absoluto; vamos, los mayores reveses al oficialismo en los últimos meses lo dieron los propios aliados -quienes mostraron su peso y voz en las cámaras con la reforma electoral- y Estados Unidos -con las presiones económicas y de seguridad en el T-MEC y en Sinaloa-. Con ello -y volviendo a la ciudadanía- siento que se nos ha olvidado que la esencia de la democracia radica en la pluralidad de voces, aunque la otra no sea precisamente de nuestro agrado o se aleje de las ideas. Que, incluso si otro color e ideología moviera la batuta, ese contrapeso -que hoy queda a deber- sería esencial. Y lo sé. Ellos, los que mueven la estructura, los que administran el recurso y nos mandan el mensaje y la bandera lo han olvidado, pero lo más peligroso es que el ciudadano ya lo olvidó también. Piense usted en la siguiente escena y seguro podrá confirmarla: familiares, amigos diciendo algo de Morena y de inmediato alguien responde que todo está perfecto. Otro juzga algo bueno del oficialismo y enseguida un opositor responde -con absoluta convicción- que todo está mal. Y se acaba el debate porque el problema es mayor y es el que no nos es posible escuchar al otro sin asumir automáticamente que está equivocado o que representa el mal absoluto de lo que arrastra el país hace décadas. Y el mensaje es para ambos. Porque sí, hay muchísimas cosas cuestionables dentro del oficialismo. Sería absurdo negarlo. Hay escándalos de corrupción, contradicciones evidentes entre discurso y realidad, perfiles que viven lejos de aquella austeridad que prometían representar. Se nota incluso el desgaste político y el intento constante por ganar tiempo, por cuidar la espalda de militantes y proteger la bancada. Sin embargo, también creo que la oposición lleva tiempo atrapada en el error de que la indignación es suficiente para producir un cambio político. Y hablo del ciudadano. Porque cuando uno pregunta genuinamente cómo podría darse la alternancia real frente a una maquinaria política tan consolidada, pocas veces hay una respuesta clara. Hay enojo, hay hartazgo, hay frustración, y muchas veces existe razón; solo que la política no funciona por deseos morales. Nombre. A la política, al menos la de México, la hace vivir el poder, la operación y los intereses. Personalmente, platicando en algunas de estas charlas, tengo una teoría floja y lejos de probarse -pero opinar es un derecho- y es que los perfiles altos de la política mexicana rara vez llegan ahí sin deber algo, sin cargar algo detrás, sin tener cola que les pisen. Y esto no es de partidos. Ahí tenemos a los Bartlett, los Adán Augustos, los Rocha Moya, los Alejandros Moreno, los Marcelos y tantos otros desde hace décadas. Cambian de colores de alianzas y narrativa, pero siguen ahí mostrándonos que quitarlos no pasa por solo exhibir la corrupción, porque llevamos años haciéndolo y el sistema sigue encontrando la manera de reciclarse. Eso tampoco debería ser una resignación absoluta. Más allá de eso, significa entender que el ciudadano podría empezar a exigir algo mucho más complejo que solo lanzar diatribas al que considera un bot en redes y es evaluar política por política. Evaluar capacidad, operación, resultados, negociación, visión pública y también corrupción, claro, pero no desde el impulso emocional o el odio partidista, sino con la firme intención de entender cómo funciona aquello que realizamos cada tres y seis años para elegirlos y que cuestan algo así 20 mil millones de pesos, al menos las del 27. Imagine lo que podríamos hacer con esa lana. Y mientras nosotros nos despedazamos en Facebook, en X, en Instagram o en la mesa familiar, mentándonos la madre porque el chingao PRI robó más o porque los hijos de AMLO se dan vida de sultanes, el sistema político sigue avanzando exactamente igual, acomodándose y reinventando perfiles. Que sería una joya de justicia social y política que todos y cada uno de ellos rindiera cuentas claras a todos nosotros. Vaya que sería lo ideal. Tristemente no estamos en ese punto de política mexicana. La polarización ha logrado más que el buen entendimiento entre nosotros. Tal vez, la oportunidad está en cómo nos acercamos a quien opina diferente a nosotros. Cómo nos comprometemos con todos aquellos que han perdido la fe en cada elección, pero no mostrándoles el color de nuestra bandera política -que siempre tenemos y es nuestro derecho-. No tratando de abrir los ojos del escucha ante todo lo que se están robando aquellos, mientras nosotros acá pedimos esquina cada fin de quincena; eso ya lo sabemos. Qué tal acercarnos hablando de temas que realmente nos afectan en la vida diaria: educación, salud, seguridad, vivienda, movilidad, infraestructura, cultura, energía, inflación, turismo, mercado, impunidad, delitos, desapariciones, madres buscadoras... La lista parece -como la vorágine política de la que no hemos sabido salir- inacabable.