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Ante más de 170 mil personas, la banda tapatía convirtió La Minerva en una tribuna sentimental en la antesala del México-Corea
14:01 jueves 18 junio, 2026
Espectáculos
La noche del miércoles, en La Minerva, más de 170 mil personas no sólo asistieron al concierto de Maná: parecieron disputar un partido contra el olvido, como si cada coro fuera una jugada repetida desde la juventud y cada aplauso confirmara que la memoria también puede llenar una glorieta. La víspera del México-Corea, la ciudad ensayó su propio Mundial. No hubo balón, pero sí alineación titular: Fher Olvera al frente, Alex González en la batería, Sergio Vallín en la guitarra y Juan Calleros en el bajo. Cuatro nombres que para Guadalajara no son simples integrantes de una banda, sino jugadores de una selección sentimental que lleva décadas saliendo a la cancha con camiseta local y pasaporte internacional. El concierto gratuito, organizado como parte de Vibra Jalisco, tuvo desde temprano ambiente de final. Hubo quienes llegaron desde una noche antes, como esos aficionados que duermen afuera del estadio para no perder la entrada al partido de sus vidas. La Minerva, normalmente condenada a mirar el tráfico con gesto de estatua paciente, se encontró rodeada por una marea de voces, vendedores, familias, jóvenes, parejas, curiosos y devotos. Afro Brothers abrió la noche y puso el terreno en temperatura. Después, cuando Maná apareció, las 19 pantallas multiplicaron a la banda hasta convertirla en una presencia simultánea: cercana para los de adelante, monumental para los de atrás, casi doméstica para quienes miraban desde lejos con el teléfono en alto. La tecnología hizo su trabajo, pero el verdadero sistema de sonido fue el público. Maná puede traer bocinas, consolas y luces; Guadalajara llevó los pulmones. “Déjame entrar” funcionó como llave de acceso a una casa conocida. “De pies a cabeza” y “Manda una señal” confirmaron que están en el corazón de los tapatíos. Fher Olvera ejerció de delantero veterano: sabe cuándo correr, cuándo levantar la mano, cuándo dejar que la tribuna haga el gol. No busca la pirueta imposible, sino el efecto comprobado. Habla con el público como quien saluda a parientes que hace tiempo no ve, y en una noche como ésta la familiaridad pesa más que la novedad. Cuando dijo “Qué emoción estar aquí”, la frase no necesitó adornos. En boca de otra banda habría sido cortesía; en Maná sonó a regreso. El repertorio avanzó como una biografía compartida: “Labios compartidos”, “Eres mi religión”, “Vivir sin aire”, “Mariposa traicionera”. La nostalgia, que suele ser una mercancía riesgosa, aquí tuvo algo de justicia poética. Maná tocó en casa en medio de una ciudad vestida de Mundial, y sus canciones hicieron lo que hacen los himnos de estadio: borrar por unos minutos la distancia entre desconocidos. Alex González volvió a confirmar que la batería puede ser una forma de protagonismo físico. Cada golpe suyo parecía ordenar el caos, como si marcara el ritmo de una porra gigante. Sergio Vallín dio a la noche el filo musical más elegante, especialmente en los momentos donde la guitarra abrió ventanas hacia el blues, el rock latino y la memoria santanera de “Corazón espinado”. Juan Calleros sostuvo el bajo con discreción esencial, esa clase de presencia que no busca el reflector porque carga los cimientos. Pero el concierto masivo no es un laboratorio de sutilezas. Es una plaza pública. Y en una plaza pública, “Clavado en un bar”, “Te lloré un río” o “Bendita tu luz” no se analizan: se cantan con la autoridad que da haberlas sobrevivido. La noche también tuvo su guiño de vieja escuela. Como en los años en que el rock todavía aceptaba el ridículo como parte del ritual, alguien lanzó un brasier a Fher. La escena provocó risa, celebración y una especie de arqueología pop instantánea: el objeto cruzó el aire como un recuerdo de otra época, pero cayó en pleno 2026, entre pantallas gigantes, operativo de seguridad y ambiente mundialista. Fue una postal absurda y perfecta: Maná envejeció, su público también, pero ciertas liturgias se niegan a jubilarse. La parte final jugó con cartas marcadas y ganó. “No ha parado de llover” instaló una melancolía de karaoke multitudinario; “En el muelle de San Blas” volvió a demostrar que una historia triste puede convertirse en canto colectivo; “Rayando el sol” fue el penal bien cobrado que todos esperaban, y “Oye mi amor” cerró con la eficacia de un marcador irreversible. A dos años de su más reciente presentación en Guadalajara, Maná no volvió para demostrar que sigue vigente en términos de tendencia. Volvió para algo más difícil: comprobar que todavía pertenece. Que sus canciones, con sus virtudes y sus costuras visibles, forman parte del archivo emocional de una ciudad que aprendió a exportar mariachi, tequila, fútbol, arquitectura, cine y también rock pop de estadio. Cuando el último coro se apagó, La Minerva recuperó lentamente su condición de monumento. Pero algo quedó flotando en la glorieta: la certeza de que Guadalajara había vivido una de esas noches que después se narran con exageraciones legítimas.
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