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Vaya fin de semana en México
00:10 viernes 27 febrero, 2026
Colaboradores
Vaya fin de semana en México. Ya hablado, documentado, analizado y temido por todos. Por unos más que otros. No sé usted, amable lector, pero el video que a mí me dejó perplejo fue el de una mujer obligada a descender de su vehículo mientras cargaba combustible en plena carretera y dejada a la deriva. No se trata de competir por la escena más cruel, pero esa imagen —una ciudadana cualquiera enfrentando el miedo sin explicación— me hizo pensar en algo más profundo. Ya se discutió si fue voluntad política o presión norteamericana y se ha dejado claro que esto no termina aquí. Además, se reconoce lo que se hace bien en seguridad —más cuando venimos de un sexenio que, más allá de combatir, multiplicó lo que por décadas arrastramos como nación: una violencia desmedida—. Pero casi nadie preguntó lo más básico:
¿qué sucedió con la gente que estaba trabajando?
¿qué pasó con los niños que entraron en llanto al escuchar detonaciones?
¿llegaron todos con bien a su casa? Porque lo que sí hicimos fue lo de siempre: debatir, capitalizar la victoria o la derrota en la narrativa política y, de paso, alimentar la figura de leyenda de un capo que no necesita más publicidad. Y hablo desde los actores políticos y analistas hasta la misma ciudadanía que se confronta entre sí en redes sociales. El abatimiento de un líder criminal sacudió al país. No por sorpresa —la violencia dejó de ser sorpresa hace tiempo— sino por la magnitud de la reacción. Carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, mercados paralizados, familias corriendo sin entender del todo qué ocurría. El miedo volvió a instalarse en cuestión de minutos. Y, sin embargo, el debate público giró en otra dirección: la eficacia del operativo, la lectura política, el mensaje hacia el exterior, la disputa por el crédito. En México hemos aprendido a administrar la violencia narrativamente. Cada sexenio hereda cifras, explica culpas y redefine la estrategia con nuevo nombre. Pero el ciudadano hereda otra cosa: incertidumbre. Temor por salir a la calle. Dudas sobre si sus familiares llegaron bien al trabajo, a la escuela o a casa. La literatura suele ser una de las miradas más honestas sobre estos procesos. Me gusta porque se olvida un poco del entramado político para darle voz a aquellos que tenían tanto por decir todavía. En Pedro Páramo, Juan Preciado se encuentra con una tierra caliente en la que los muertos no descansan: hablan, susurran, reclaman. No piden venganza; piden ser escuchados. Comala no está llena de fantasmas por capricho narrativo, sino porque nadie cerró sus heridas a tiempo. Cuando el dolor no encuentra cauce, permanece. Algo similar ocurre en Imposible decir adiós, de Han Kang. La nieve cubre los rastros de la violencia, pero no la borra. El paisaje parece limpio, casi sereno, mientras debajo persiste lo que no fue dicho ni reparado. La superficie puede tranquilizar; la memoria no. Permanece congelada por el blanco de la nieve en toda la novela, marcada por el dolor, la herida y la masacre. Una historia contada por aquellos que no tuvieron la oportunidad de decir más. No se trata —en este tenor— de cuestionar la acción del Estado mexicano cuando enfrenta a quienes han sembrado terror por años. La ley no puede ser optativa ni el uso legítimo de la fuerza una excepción vergonzante. El problema no es actuar; el problema es creer que actuar basta. El día después de un operativo de alto impacto no se mide en comunicados ni en aplausos. Se mide en preguntas más simples y que deberían preocuparnos más: ¿quién acompaña al comerciante que bajó su cortina en medio del caos?, ¿qué le dice el Estado al niño que escuchó detonaciones?, ¿quién de nuestros actores políticos se ha preguntado si la gente varada en carreteras o despojada de sus vehículos ya volvió a casa? La violencia no puede seguir siendo argumento intercambiable entre administraciones. Tampoco puede convertirse en recurso discursivo para tranquilizar antes de tiempo. Cuando el dolor colectivo no encuentra reconocimiento, se transforma en un murmullo constante y México no necesita más ruido; necesita escuchar. La nación no requiere triunfalismos ni nostalgias. Necesita continuidad, inteligencia y, sobre todo, empatía institucional. Reconocer el dolor no debilita al Estado; lo legitima, porque el verdadero punto de quiebre no es la caída de un líder criminal, sino la capacidad de evitar que su ausencia se convierta en otro ciclo de miedo. Hoy, más que nunca, habría que recordar los rostros concretos detrás del caos: quienes perdieron su vehículo, su mercancía, la tranquilidad de sus hijos. Ciudadanos que no eligieron ser parte de una estrategia ni de una narrativa, sino que estaban trabajando, disfrutando de un domingo como cualquier otro o viajando por las carreteras del país. Hoy, más que nunca, hay que acordarnos de este evento, de quienes perdieron la vida tratando de hacer de este país un poco más amable, pese a que los retos persisten y pueden ser aún mayores. No debemos olvidarnos de todo ese grupo de mexicanos —que trabajan, que viajan, que quieren otra nación— con rostros de pánico, que no pudieron ni meter las manos porque perdieron su coche, su mercancía en un mercado o la entereza al ver a sus hijos llorando. Recordemos todo eso y exijamos cuentas claras a quienes hemos puesto a cargo para llevar las riendas del país, que legislan un día sí y dos semanas no, que no han hecho una sola iniciativa y más que ocuparse por la violencia que vive México, su preocupación más grande en los próximos días será quién usó su toalla o quién se acabó el cereal en un show de Telemundo. Porque un país no solo se define por cómo enfrenta a sus criminales, sino por la seriedad con la que asume la responsabilidad pública.
Y de eso también somos parte los ciudadanos.