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México figura entre los países con más horas trabajadas al año dentro de la OCDE: 2,226 en promedio
00:10 viernes 6 marzo, 2026
Colaboradores
Hay algo que estamos empezando a admitir en voz baja: no es normal vivir cansados todo el tiempo. Durante años confundimos compromiso con agotamiento, entrega con desvelo y responsabilidad con disponibilidad permanente. Hoy, esa narrativa comienza a resquebrajarse.
México figura entre los países con más horas trabajadas al año dentro de la OCDE: 2,226 en promedio. No es un récord para presumir. Es un indicador que revela una cultura donde la presencia pesa más que el resultado y donde el “siempre conectado” se volvió estándar.
En 2022, la Organización Mundial de la Salud reconoció formalmente el burnout como un fenómeno asociado al entorno laboral. No es flojera, no es falta de carácter, no es debilidad generacional. Es un desgaste crónico mal gestionado. Y eso cambia la conversación.
Lo que no siempre se dice es que este modelo beneficia a corto plazo a ciertas estructuras: aparenta productividad, sostiene inercias y evita rediseñar procesos. Pero a mediano plazo pasa factura. Equipos agotados innovan menos, se equivocan más y rotan con mayor frecuencia.
También hay una dimensión silenciosa: el impacto en la vida personal. Familias que se organizan alrededor de horarios extendidos, jóvenes que normalizan la ansiedad como parte del crecimiento profesional, adultos que posponen su salud. El costo no aparece en el balance financiero, pero existe.
Sin embargo, el panorama no es inmóvil. La implementación de la NOM-035 obligó a hablar de riesgos psicosociales. La discusión sobre la reducción de la jornada laboral abrió un debate que parecía imposible hace una década. Algo se está moviendo.
Cada vez más empresas entienden que medir horas es un indicador pobre. El valor está en los objetivos cumplidos, en la creatividad, en la capacidad de resolver problemas. La productividad sostenible no nace del agotamiento, sino de la claridad y la motivación.
Aquí hay una oportunidad enorme: rediseñar la cultura laboral antes de que el desgaste la rediseñe por nosotros. Apostar por esquemas flexibles, liderazgos empáticos y métricas inteligentes no es concesión; es estrategia competitiva.
También corresponde a los trabajadores replantear hábitos. Estar disponibles 24/7 no es sinónimo de profesionalismo. Aprender a desconectar, delegar y priorizar es parte de una nueva alfabetización laboral que apenas estamos construyendo.
Quizá el verdadero progreso no sea trabajar más, sino trabajar mejor. Si logramos entender que el bienestar no es un lujo sino una condición básica de rendimiento, entonces el debate dejará de ser ideológico y se volverá práctico. El reto no es producir menos, sino dejar de producir agotamiento como si fuera el precio inevitable del éxito.