Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
El juego entraba al segundo tiempo con menos chispa de la esperada
00:04 viernes 12 junio, 2026
Colaboradores
Ayer me encontré cerrando el día con el partido entre Corea del Sur y Chequia, esto a propósito de la festividad pambolera que enmarca al país -y al mundo- y tiene a todos hablando de ello. El juego entraba al segundo tiempo con menos chispa de la esperada, fueron quizá esos sinsabores del encuentro por los que me dejé llevar y terminé pensando en algo que no era fútbol. Veía correr a los surcoreanos y me acordé de la relectura que, a raíz de uno de mis talleres, realizo: Imposible decir adiós de la surcoreana Han Kang. Créame, así funciona esto de la lectura, y más esas que nos marcan. De repente uno termina un libro, lo regresa al estante y, en una creencia nada confiable, consideramos que la experiencia concluyó. Luego reaparecen; ya cuando menos uno lo espera, los mencionamos en una canción, los vemos en una imagen o los recordamos en un partido de fútbol. Vaya rareza. Pero eso solo me confirmó lo mucho que tenía de no leer a una autora de la talla de Han Kang. Y mire que lo digo como lector, no como crítico porque mientras hay escritores que deslumbran por la forma en que construyen y cuentan una historia, Han Kang encuentra la manera de aproximarse a las heridas humanas sin convertirlas en espectáculo y, al hacerlo, obliga al lector a caminar despacio por territorios que normalmente preferimos evitar, sacarles la vuelta, aplicar el potosinazo. Imposible decir adiós narra el reencuentro que Gyeongha tiene con su amiga Inseon, quien ha sufrido un accidente y no tiene a quién más pedirle que vaya a alimentar a su ave, una cotorrita de nombre Ama que dejó en Jeju. En ese lugar, Gyeongha se encuentra con una atmósfera de murmullos, cubierta de nieve y un cúmulo de recuerdos. Inseon y su madre se convierten en catalizadores de la herida, del dolor y el abandono, pues ambas funcionan como un puente hacia quienes ya no están, hacia las víctimas de las masacres que marcaron a Corea durante el siglo pasado y cuyos ecos y vacíos siguen presentes décadas después. Lo extraordinario es que Han Kang no construye una novela sobre la muerte o los que desaparecieron de la historia, sino sobre la permanencia y la forma en que aquellos que se han ido continúan habitando la memoria de quienes permanecen vivos. Una genialidad, sinceramente. Un acierto no de narración simplemente, sino de hondura en la obra. En esas estaba y me encontré pensando que, en realidad, pocas cosas resultan tan difíciles para un ser humano como despedirse. Tal vez porque existen despedidas que nunca terminan de ocurrir y personas cuya ausencia no se acomoda con el paso de los años pues siguen ocupando un lugar en nuestras conversaciones, nuestras decisiones, incluso cuando no decimos nada. ¿Por qué menciono todo eso? Porque para los que seguimos físicamente nos es posible expresar todo eso, incluso sin decir ni pío. Pero qué pasa cuando los que se van todavía tenían mucho que decir y no solo desaparecen ellos, sino también agoniza abruptamente esa conexión con los que quedan. En la novela, Han Kang nos pone un elemento que funciona como capa a todo eso: la nieve. La nieve que intenta esconder todo eso: los muertos, la ausencia, el dolor, el grito, la herida, la sangre, la injusticia, el tiempo. La maldita nieve que intenta ocultar los rastros y borrar los caminos. Sin embargo, en las páginas de la surcoreana -que a estas alturas, nunca sobra decirlo, vaya que le sabe a la escritura-, la nieve no solo cubre a los muertos, sino que parece devolverlos al mundo de los vivos; los resguarda del olvido y, al mismo tiempo, permite que sigan presentes. Como si aquello que aparentemente desaparece bajo el blanco terminara encontrando otra forma de existir. ¡Vaya tipa! Brillante. Lo mismo ocurre con los árboles que aparecen una y otra vez en la novela, erguidos, oscuros y silenciosos, formando bosques que parecen custodiar una memoria que se niega a desaparecer. Pasa con las aves, con los paisajes enteros y los fantasmas de Inseon y su madre que le muestran a Gyeongha todo el dolor de las víctimas a través de los años, por medio de otras voces y atravesando la memoria de los que hoy están a costa de todo el sufrimiento. Al final, Han Kang demuestra su habilidad extraordinaria para encontrar en elementos de la naturaleza esos símbolos que nunca resultan forzados y que terminan explicando más de lo que dirían explicaciones directas, reflejando así una novela conmovedora, cruda y valiente que no habla solo de Corea, sino de cualquier lugar donde debajo de la tierra busquen a sus muertos. Una novela que habla de cualquier familia que conserve unna carta o un recuerdo de alguien cuya historia quedó inconclusa. Una novelita que, mire lo que son las cosas, me deja claro que no está mal sentarse con un buen amigo a disfrutar un Corea contra Chequia, siempre y cuando tengamos presente nuestro deber humano de acordarnos que hay miles que buscan a alguien debajo de la tierra en estos momentos, que esperan una llamada o guardan una fotografía de alguien que debería seguir con nosotros.