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Si tomamos un poco de libertad interpretativa y reflexionamos sobre esta frase fuera del drama shakesperiano, podemos apreciar que es significativa
00:10 miércoles 7 enero, 2026
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La clásica obra de Shakespeare, Hamlet, Príncipe de Dinamarca, está rebosante de frases significativas, trascendentales, inspiradoras, es por mucho un vademécum de emociones humanas. Del recetario de pensamientos que nos ofrece el escritor inglés, hoy quisiera detenerme en una que inspira por la época en que vivimos: “El tiempo está desquiciado. ¡Oh, maldito rencor! ¡Qué yo haya nacido para arreglarlo! No, vamos juntos”.
Si tomamos un poco de libertad interpretativa y reflexionamos sobre esta frase fuera del drama shakesperiano, podemos apreciar que es profundamente significativa como una alegoría que ilustra muchas de las facetas de nuestra época. Vivimos, siguiendo esta metáfora, en tiempos desequilibrados, descolocados o disparatados, en donde la lógica y la racionalidad han sido desplazados de su centro de gravedad. Pero también retrata al individuo sufriendo por estos atavismos y concluyendo que sólo podría hacerles frente en unidad con los otros: lo que se sufre en soledad, se soluciona en sociedad.
Muchos fenómenos naturales, sociales, e incluso políticos y aún económicos, pueden encuadrar en esa plétora de adjetivos, pero tomando como pretexto los primeros días de este 2026, quisiera detenerme en uno que nos es ineludiblemente apremiante: la emergencia climática.
La existencia de una emergencia climática en nuestro orbe es una realidad indiscutible. Aun desde el discurso jurídico, se ha puesto a ojos del mundo, en mayor o menor medida, los efectos de la crisis ambiental que los humanos hemos provocado, como lo han reconocido tanto la Corte Internacional de Justicia como la Corte Interamericana de Derechos Humanos. De estas resoluciones jurídicas muchos aspectos podrían destacarse, pero considero que hay una que engarza con la frase inicial, pues es reflejo de la soledad y la angustia generada por las consecuencias de la crisis climática, a saber: la ecoansiedad.
Para Javier Urbina, académico de la Facultad de Psicología de la UNAM, “[…] la ecoansiedad se manifiesta por medio de una preocupación creciente, miedo o estrés constante en relación con cuestiones ambientales, generando cambios en el comportamiento, como centrarse en actividades para protegerse de ciertos elementos del ambiente, dejar de hacer otras por temor a peligros en el entorno”.
La ecoansiedad pone de relieve cómo nuestras juventudes se ven desmoronadas por las irresponsables acciones pretéritas de nosotros, y es un problema complejo que requiere sensibilidad estadual y acciones responsables e inmediatas, pero también empatía de la sociedad en general.
Estas urbes de concreto, grises y sombreadas que vivimos en conjunto con el ensimismamiento tecnológico, nos han desconectado de la naturaleza. Pequeñas acciones pueden abrir grandes horizontes. Necesitamos reconectarnos todos con la naturaleza. Empezar a diversificarnos, visitar bosques, parques, ríos, pero antes quizás, iniciar con un pequeño jardín urbano, como propósito ecológico del 2026. No se necesita grandes extensiones de espacios, ni presupuestos gigantes, solo voluntad de hacer las cosas bien, para ayudarnos, y ayudar a todos.
Como diría Byung-Chul Han, en su libro “Loa a la Tierra”, el trabajo de jardinería es una meditación silenciosa, y para nosotros, el bálsamo necesario para contrarrestar la estridencia de estas urbes saturadas: para tiempos desquiciados, tiempos de jardín.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
MINISTRO EN RETIRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN