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La confianza vuelve a moverse; toca al gobierno no desperdiciarla
00:10 martes 8 septiembre, 2026
Colaboradores
Hay datos que parecen pequeños hasta que uno entiende lo que significan en la vida cotidiana. Que la confianza del consumidor en México haya llegado a 46.1 puntos en agosto, por tercer mes consecutivo al alza y en su mejor nivel de los últimos 11 meses, no significa que las familias estén nadando en abundancia. Significa algo más interesante: el mexicano empieza nuevamente a sentir que puede planear. Mejoró la percepción sobre la situación económica actual del hogar, aumentó el optimismo para los próximos 12 meses y también creció la disposición para comprar bienes duraderos. Después de 19 meses de retrocesos anuales, detener la caída ya es, por sí mismo, una señal económica relevante.
Y aquí aparece una lectura que muchas veces se pierde entre las cifras. La confianza no es solamente un asunto de consumo; también es un indicador de gobernabilidad económica. Una familia que vuelve a considerar la compra de un electrodoméstico, un automóvil, unas vacaciones o cualquier bien de mayor valor está tomando decisiones a partir de una expectativa: que tendrá ingresos, estabilidad y condiciones suficientes para hacerlo. Esa expectativa alimenta comercios, servicios, crédito, empleos y cadenas de proveedores. En entidades industriales como las del Bajío, incluida San Luis Potosí, ese ánimo puede convertirse en una segunda vuelta de la economía: el salario generado en la industria termina moviendo restaurantes, transporte, comercio, mantenimiento, vivienda y servicios.
Pero la confianza también tiene una dimensión política. El gobierno puede ayudar a construirla o puede destruirla. Seguridad pública, certeza jurídica, infraestructura, agua, movilidad, servicios eficientes, combate a la corrupción, reglas claras para invertir y capacidad para resolver conflictos no aparecen directamente en el índice de confianza, pero sí forman parte del entorno en el que una familia decide si gasta, ahorra, emprende o se endeuda. De poco sirve presumir crecimiento si una persona teme salir de noche, un empresario desconfía de la autoridad o una familia enfrenta servicios públicos deficientes. La economía también funciona con una moneda que no aparece en los bancos: la confianza en las instituciones.
Por eso resulta especialmente importante lo que no debe hacerse con este dato: convertirlo simplemente en discurso político. El repunte es real, pero todavía es moderado; incluso el ahorro fue el único de los principales indicadores complementarios que retrocedió. El mensaje correcto para gobiernos y empresas no es “ya estamos bien”, sino “hay una ventana de oportunidad”. Para consolidarla se necesitan mejores condiciones de seguridad, justicia que funcione sin privilegios, protección patrimonial, apoyo a las pequeñas empresas, inversión productiva y políticas públicas que conviertan la recuperación de expectativas en ingresos y empleos sostenibles. La confianza es demasiado valiosa para gastarla en propaganda.
Porque al final, una economía empieza a recuperarse mucho antes de que todos los indicadores lo confirmen: empieza cuando la gente vuelve a creer que mañana puede estar un poco mejor que hoy. México parece estar dando ese pequeño giro. Ahora el desafío de la política económica, de los gobiernos y de las instituciones es enorme: tomar esa confianza incipiente y transformarla en seguridad, inversión, empleo, ahorro y bienestar. Porque si el ciudadano vuelve a creer en su futuro, la responsabilidad del Estado es asegurarse de que las instituciones estén a la altura de esa expectativa.
¡Hasta mañana!