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México no le dice basta a Trump, opta por no hacer olas o incluso por tratar de complacerlo
00:10 miércoles 28 enero, 2026
Colaboradores
Durante décadas, Estados Unidos fue un árbitro invisible del orden internacional: su voluntad se hacía pasar por el reglamento. A veces ejercía el poder a plena luz del día; la mayoría de las veces lo cubría con la formalidad de tratados, paneles, ayuda, diplomacia, multilateralismo. Incluso su lenguaje solía disimular sus intereses y su fuerza; prefería proyectar responsabilidad, contención, sentido del deber. Hoy, todos esos rituales “civilizadores” se desploman. La integración y el andamiaje global ya no suponen la domesticación del imperio: se han convertido en sus armas.
Mark Carney lo advirtió en Davos la semana pasada: el centro de gravedad americano ha dejado de ser confiable. Por eso proliferan estrategias de distanciamiento. Canadá adopta un nuevo pragmatismo; Europa habla de autonomía estratégica; Asia diversifica. El futuro se vislumbra en otros idiomas y estándares, otros proveedores y mercados. Nadie rompe del todo, pero casi todos ensayan nuevas alianzas para reducir su dependencia del Tío Sam.
El mundo camina hacia la “desamericanización”, México no. Su apuesta no es alejarse; al contrario, es reafirmar la proximidad con el país de Donald Trump. Para evitar la subordinación nos esforzamos en ser más “colaborativos”; para defender la “soberanía” buscamos desesperadamente su aprobación. No le decimos basta; optamos por no hacer olas o incluso por tratar de complacerlo: poniendo tropas mexicanas al servicio de su control migratorio, exportando capos a cárceles estadounidenses, imponiéndole aranceles a importaciones de países sin tratado de libre comercio –una decisión con evidente dedicatoria para su mayor rival, China–. Más que un error histórico, es el realismo trágico de no tener alternativa.
El problema es que esa respuesta compra tiempo pero no certidumbre. La relación bilateral se ha vuelto un examen que nunca termina: hoy es frontera y migración; mañana, cárteles y fentanilo; pasado mañana, el acuerdo comercial... Cada concesión deja un precedente; Trump toma nota. Sus presiones y amenazas no son locuras, son el método. Le sirven para crear temor, ablandar resistencias, arrancar concesiones y seguir ampliando el umbral de lo posible. Y entre más obtenga, más pedirá. Lo que quiere no son resultados, son trofeos. Para él no se trata de mejorar la “cooperación” con su socio; se trata de obtener victorias fáciles contra un vecino débil.
Así, mientras el resto del mundo reduce su exposición al riesgo que representa Washington, México la profundiza. No es ceguera ideológica ni incapacidad política: es el peso de nuestra geografía, nuestra historia y nuestra economía; y son los flancos de vulnerabilidad que nos abren la corrupción, el contubernio con el crimen y la impunidad. El problema no es la cercanía con Estados Unidos, es que esa vieja ventaja se ha convertido en un inesperado instrumento de castigo. México no está negociando desde el valor de su interdependencia, sino desde el miedo a perderla.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg