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El arranque de 2026 es irónico
00:10 sábado 3 enero, 2026
Colaboradores
Desde hace al menos veinte años, China está a punto de dominar el mundo. Siempre está a punto. Cambian las fechas —2010, 2016, 2020, ahora 2030— pero el anuncio se repite con una seguridad que ya roza lo ritual. No hace falta ser un genio para reconocer que China ha hecho de todo para colocarse como la segunda potencia mundial. En muchos frentes lo ha logrado. Lo que no ha conseguido, al menos hasta ahora, es reemplazar el orden que sigue girando alrededor de Estados Unidos.
El arranque de 2026 es, en ese sentido, irónico. En 2022 fue Rusia la que tensó al mundo desde los primeros meses del año con la invasión a Ucrania. Hoy, cuando se acumulan esfuerzos para apagar —o al menos congelar— ese conflicto, China inicia el año moviendo el avispero en el Pacífico. No es casualidad ni bravata aislada: es la forma más clara de recordarle al mundo que la disputa por la hegemonía sigue abierta.
China ya ganó Asia. Esa es una realidad incómoda para Occidente. Su influencia económica, comercial y política en la región es enorme, incluso con resistencias y tensiones. Es el principal socio comercial de buena parte del continente y su presencia militar en su entorno inmediato es incuestionable. Pero dominar tu región no equivale a gobernar el sistema internacional.
Parte del límite chino está en su propio modelo. El crecimiento acelerado se sostuvo durante años con un alto nivel de endeudamiento interno: gobiernos locales, empresas estatales, sector inmobiliario. No es una crisis espectacular, pero sí un freno estructural. China creció rápido, pero crecer no es lo mismo que mandar.
En ese tablero, Pekín también apostó por Rusia. Y aquí una frase resume bien el momento: China esperaba más de Rusia. La guerra en Ucrania evidenció que Moscú sigue siendo potencia, pero no una potencia sistémica comparable con China. Mostró debilidades militares, costos económicos enormes y un aislamiento prolongado. Para Pekín, Ucrania fue menos un ejemplo y más una advertencia: desafiar al orden internacional sin capacidad para sustituirlo tiene consecuencias duraderas.
El contraste con Norteamérica es todavía más claro. China nunca logró institucionalizar su presencia en esta región. Entra por los márgenes, por el comercio informal, por negocios que no terminan de integrarse al marco fiscal y regulatorio. Cuando el sistema se endurece, la puerta se cierra. Lo vimos en 2025 y lo veremos con mayor claridad hacia 2026: aranceles a productos asiáticos, controles más estrictos y una señal política evidente. Norteamérica es un bloque cerrado.
En el caso de México, esos aranceles que se perfilan para 2026 no son solo una medida económica. Son también un mensaje político: México va con el T-MEC. En un mundo fragmentado, el país reafirma que su apuesta estratégica sigue siendo Norteamérica. El nearshoring, la integración regional y la alineación comercial no son discursos; son decisiones que toman forma en política arancelaria, en cadenas de suministro y en reglas de origen.
Taiwán aparece entonces como la bisagra del sistema. No es solo una isla ni una disputa histórica. Es un punto clave en el Pacífico, un nodo tecnológico y un símbolo geopolítico. Por eso China no puede renunciar a Taiwán, pero tampoco puede tomarla sin consecuencias sistémicas. De ahí los ejercicios militares, la presión constante y la narrativa de inevitabilidad. China quiere que el mundo crea que puede hacerlo cuando quiera; no necesariamente quiere hacerlo hoy.
En el plano militar, la diferencia sigue siendo relevante. China tiene un ejército formidable, pero sin experiencia de guerra reciente. Estados Unidos, con todos sus errores, ha aprendido peleando. Ha cometido excesos, fracasos y equivocaciones, pero acumula algo decisivo en la guerra moderna: experiencia real. Y, además, Estados Unidos no tiene rival en proyección naval global. Los portaviones no son solo símbolos: son logística, doctrina, aliados y décadas de operación conjunta. Y ahí Estados Unidos sigue jugando en otra liga.
El mundo no está presenciando un simple relevo de potencias. Estamos ante una hegemonía disputada, sin sustituto claro, en un entorno cada vez más caótico. Y Taiwán es el movimiento que decidiría si la partida se convierte en una guerra abierta o en un empate largo y peligroso.
Para México, aunque no mueva las piezas principales, el tablero sí tiene consecuencias directas: comercio, inversión, precios, empleo. En la disputa entre China y Estados Unidos, el país no es espectador neutral. Está, quiera o no, del lado del bloque que decidió integrar.